En breve: síntomas, riesgo y prevención del virus del Nilo Occidental
El virus del Nilo Occidental se transmite por la picadura de mosquitos infectados. En la gran mayoría de las personas no da síntomas o solo un cuadro leve tipo gripe (fiebre, dolor de cabeza y muscular); solo en una minoría —sobre todo mayores o personas con defensas bajas— puede causar una forma neurológica grave. No hay vacuna ni tratamiento específico en humanos, así que la clave es la prevención: repelente, ropa que cubra y eliminar aguas estancadas donde crían los mosquitos.
Contenido de esta guía
En el verano de 2026, un nombre poco conocido ha vuelto a los titulares en España: el virus del Nilo Occidental. Solo en Andalucía, los casos confirmados pasaron de 9 en julio a 47 a finales de agosto —el 80 % del total de la temporada se concentró en un solo mes— con un primer fallecido, un hombre de 82 años de Dos Hermanas (Sevilla), y el salto del virus a una nueva provincia, Huelva. No es un fenómeno aislado: según la vigilancia europea, la temporada 2026 acumulaba ya más de 240 casos humanos repartidos por siete países, con Italia y Grecia a la cabeza.
La buena noticia es que la inmensa mayoría de las personas que se infectan ni siquiera se enteran. La menos buena es que, en una minoría —sobre todo personas mayores o con las defensas debilitadas—, este virus puede provocar cuadros neurológicos graves. Y como todavía no existe ni vacuna ni tratamiento antiviral específico, la prevención y el estado de tu terreno inmunitario lo son casi todo. En esta guía verás qué es exactamente el virus del Nilo, cómo se transmite, qué síntomas produce, quién tiene más riesgo, qué medidas de protección funcionan de verdad según la evidencia, y qué papel —complementario, nunca sustitutivo— pueden tener la nutrición y algunos nutrientes sobre tus defensas.
Qué es el virus del Nilo Occidental
El virus del Nilo Occidental (VNO, o West Nile virus) es un flavivirus, de la misma familia que los virus del dengue, el Zika o la fiebre amarilla. Se describió por primera vez en 1937 en el distrito West Nile de Uganda, de donde toma su nombre, y desde entonces se ha convertido en uno de los arbovirus (virus transmitidos por artrópodos) más extendidos del mundo. Hoy es la principal causa de enfermedad neuroinvasiva transmitida por mosquitos en Norteamérica y una amenaza estacional creciente en el sur y el este de Europa.
El virus se mantiene en la naturaleza gracias a un ciclo entre aves y mosquitos. Las aves son el reservorio principal: el mosquito pica a un ave infectada, el virus se multiplica dentro del insecto y, cuando ese mosquito vuelve a picar, puede transmitirlo. Los mosquitos del género Culex —los mosquitos comunes de charcas, acequias y aguas estancadas— son los principales vectores. Las personas y los caballos somos lo que los epidemiólogos llaman hospedadores accidentales o «sin salida»: nos podemos infectar, pero no tenemos suficiente virus en sangre como para contagiar a otro mosquito. Es decir, una persona con el virus del Nilo no contagia a las personas de su alrededor por convivencia normal.
Cómo se transmite (y cómo no)
Prácticamente todas las infecciones humanas se producen por la picadura de un mosquito infectado. Esto explica por qué los casos se concentran en los meses cálidos —del verano al inicio del otoño— y en zonas con humedales, arrozales o agua estancada, donde los mosquitos Culex se reproducen con facilidad. En España, el foco histórico se sitúa en las marismas del Guadalquivir, en el entorno de Sevilla y Huelva.
Existen vías de transmisión mucho más raras pero documentadas, según la revisión publicada en JAMA en 2025: la transfusión de sangre, el trasplante de órganos y la transmisión de madre a hijo (por vía placentaria, en el parto o a través de la leche materna). Por eso, en muchos países se criba la sangre donada. Lo importante para el día a día es esto: el virus del Nilo no se transmite de persona a persona por el contacto cotidiano, ni por tocar o cuidar a alguien infectado.
Síntomas: del silencio total a la enfermedad grave
Una de las claves para entender este virus es que la mayoría de las infecciones son silenciosas. Los estudios de seroprevalencia (que detectan quién ha tenido contacto con el virus) muestran un patrón bastante constante:
- Alrededor del 80 % de los infectados no desarrolla ningún síntoma. Ni se enteran de que han pasado la infección.
- En torno al 20 % desarrolla la llamada «fiebre del Nilo Occidental»: un cuadro febril agudo con fiebre, dolor de cabeza, cansancio intenso, dolores musculares, a veces náuseas, vómitos o una erupción cutánea leve. Suele resolverse solo, aunque el cansancio y la debilidad pueden prolongarse durante semanas.
- Menos del 1 % desarrolla enfermedad neuroinvasiva: la forma grave, en la que el virus afecta al sistema nervioso central y provoca meningitis (inflamación de las meninges), encefalitis (inflamación del cerebro) o una parálisis flácida aguda parecida a la poliomielitis.
Aunque la enfermedad neuroinvasiva es rara, es la que marca la gravedad del virus. Según la revisión de JAMA, su mortalidad global ronda el 10 %, pero asciende al 20 % en personas de 70 años o más y hasta el 30-40 % en pacientes con determinadas inmunodeficiencias (cánceres de la sangre, trasplantados, tratamientos que reducen los linfocitos B). Además, más de la mitad de quienes superan un cuadro neuroinvasivo grave arrastran secuelas prolongadas: fatiga, debilidad, dolores musculares, pérdida de memoria y estados de ánimo bajo que pueden durar meses.
¿Cuándo consultar? La regla práctica es sencilla: durante los meses cálidos, ante fiebre acompañada de dolor de cabeza intenso, rigidez de nuca, confusión, somnolencia excesiva, convulsiones o debilidad muscular repentina, hay que buscar atención médica sin demora. Estos son signos de alarma neurológica y no deben esperar.
Quién tiene más riesgo
El factor de riesgo mejor establecido, y con diferencia, es la edad avanzada. Los datos de vigilancia de Estados Unidos entre 2009 y 2018 (más de 21.000 casos) mostraron que tanto la incidencia de enfermedad neuroinvasiva como la mortalidad aumentan de forma marcada con la edad, con la tasa más alta en mayores de 70 años, un grupo en el que la hospitalización supera el 98 %. No es casualidad que el primer fallecido de la temporada 2026 en Andalucía fuera una persona de 82 años.
Junto a la edad, la revisión de 2026 en Annals of Medicine identifica otros factores que se asocian a cuadros más graves: la inmunosupresión (por enfermedad o por fármacos), varias enfermedades crónicas de base y cierta susceptibilidad genética individual. Todo apunta en la misma dirección: cuando el sistema inmunitario responde con rapidez y eficacia, el virus rara vez llega al sistema nervioso; cuando esa primera línea de defensa está debilitada, el riesgo de complicaciones sube. Por eso, aunque la protección frente a la picadura es la prioridad absoluta, mantener un terreno inmunitario en buena forma tiene todo el sentido, sobre todo en las personas de más edad.
Por qué está aumentando en España y en Europa
El virus del Nilo no es nuevo en Europa, pero su presencia se ha intensificado en la última década. La revisión de Annals of Medicine lo explica con claridad: en Europa cocirculan dos linajes del virus (el 1 y el 2), y su expansión geográfica se relaciona con los cambios climáticos y ecológicos recientes. Veranos más cálidos y largos, patrones de lluvia alterados y la ampliación del hábitat de los mosquitos crean condiciones ideales para que el ciclo ave-mosquito se mantenga activo durante más tiempo y en más territorio.
Los datos de la temporada 2026 lo reflejan. A comienzos de agosto, la vigilancia europea (ECDC/EFSA) contabilizaba más de 240 casos humanos adquiridos localmente en siete países: Italia (con el mayor número), Grecia, España, Macedonia del Norte, Rumanía, Francia y Alemania, con decenas de zonas afectadas. En España, el epicentro sigue siendo Andalucía occidental, donde la escalada de agosto obligó a activar alertas en decenas de municipios y a reforzar el control de mosquitos. Es un patrón que probablemente veremos repetirse cada verano, lo que convierte la prevención estacional en una rutina de salud pública —y personal— cada vez más relevante. Es la misma lógica de terreno inmunitario que aplica a otras infecciones virales emergentes transmitidas por animales.
Diagnóstico y tratamiento: qué se puede hacer hoy
El diagnóstico se basa sobre todo en la detección de anticuerpos IgM en sangre o en líquido cefalorraquídeo, a veces confirmada con pruebas de neutralización para descartar reacciones cruzadas con otros flavivirus. En personas con inmunosupresión importante, la PCR (RT-PCR) puede ser más útil que la serología. Es una decisión clínica que corresponde al médico ante un cuadro compatible en temporada de riesgo.
En cuanto al tratamiento, conviene ser claro: no existe ningún antiviral aprobado ni vacuna humana comercializada frente al virus del Nilo Occidental. Se han investigado antivirales experimentales, anticuerpos monoclonales e interferón con resultados mixtos, y hay candidatas a vacuna en fases iniciales de ensayo, pero ninguna disponible aún. El manejo de los casos es de soporte: controlar la fiebre, mantener la hidratación y, en los cuadros graves, ingreso hospitalario con cuidados especializados. Esta ausencia de tratamiento específico es, precisamente, lo que coloca a la prevención en el centro de todo.
Prevención: lo que de verdad funciona
Como no hay vacuna, la protección depende de dos frentes: evitar las picaduras y reducir los mosquitos. Estas son las medidas que la evidencia respalda:
- Usa repelente en la piel expuesta, preferiblemente con ingredientes de eficacia probada (DEET, icaridina/picaridina o IR3535), siguiendo las instrucciones del envase.
- Cúbrete al atardecer y al amanecer. Los mosquitos Culex son más activos desde el ocaso hasta el alba; en esas horas, ropa de manga larga y pantalón largo, a ser posible de colores claros.
- Protege la casa: mosquiteras en ventanas y puertas, y en zonas de riesgo, mosquitera sobre la cama si duermes con las ventanas abiertas.
- Elimina el agua estancada alrededor de tu vivienda: platos de macetas, cubos, canalones, bebederos de animales, piscinas hinchables sin uso. Es donde los mosquitos ponen los huevos. Vaciar o renovar el agua cada pocos días corta el ciclo.
- Presta atención a los avisos locales. En temporada, los ayuntamientos de zonas afectadas informan de fumigaciones y recomendaciones; conviene hacerles caso.
Estas medidas son especialmente importantes para las personas mayores y para quienes tienen las defensas debilitadas, que son quienes más se juegan si llega la infección.
El terreno inmunitario: por qué tu estado de defensas importa
Aquí conviene ser honestos y precisos: ningún alimento ni suplemento previene, trata ni cura la infección por el virus del Nilo. La única protección frente al virus es evitar la picadura. Dicho esto, lo que sí sabemos —y está bien documentado— es que la diferencia entre pasar la infección de forma silenciosa o desarrollar un cuadro grave depende en gran medida de la respuesta inmunitaria. Y esa respuesta se sostiene, entre otras cosas, sobre un estado nutricional adecuado.
Una revisión amplia publicada en Nutrients resume el consenso científico: vitaminas como la A, varias del grupo B, la C, la D, la E y el folato, junto a minerales y oligoelementos como el zinc, el hierro, el selenio, el magnesio y el cobre, y los ácidos grasos omega-3 (EPA y DHA), desempeñan papeles complementarios e imprescindibles en el funcionamiento del sistema inmunitario. Cuando su aporte es insuficiente —algo más frecuente de lo que se cree, sobre todo en personas mayores—, la resistencia frente a las infecciones baja. Es un principio general de inmunonutrición, no una promesa frente a un virus concreto. Puedes profundizar en cómo encajan todas estas piezas en nuestra guía sobre la defensa silenciosa de la inmunidad.
Nutrientes con papel en la función inmunitaria
Vitamina D. Es probablemente el nutriente más estudiado en relación con la inmunidad. Actúa como regulador de la respuesta inmunitaria, y su déficit —muy extendido en España pese al sol— se ha asociado a una mayor susceptibilidad a infecciones. En personas mayores, donde la síntesis en la piel es menos eficiente, mantener niveles adecuados es especialmente importante. Cuando la dieta y el sol no bastan, un aporte de vitamina D3 junto con magnesio biodisponible es una de las formas más sencillas de apoyar ese pilar. Si tienes dudas sobre tu nivel, puedes medirlo tú mismo en casa.
Zinc y selenio. Ambos son cofactores esenciales de muchas células y enzimas del sistema inmunitario. Una revisión centrada en la resistencia antiviral señaló que asegurar un estado adecuado de zinc, selenio y vitamina D es clave para la función inmunitaria y para modular la inflamación, y que sus deficiencias son frecuentes en los grupos de más riesgo. Para cubrir estas necesidades de forma integral, un complejo multinutriente con zinc, selenio y cobre —junto al resto de vitaminas y minerales implicados— puede ayudar a evitar déficits silenciosos, sobre todo en dietas poco variadas o en la edad avanzada.
Betaglucanos. Son fibras especiales (1-3, 1-6) que se han estudiado por su capacidad de «entrenar» o modular la respuesta de la inmunidad innata, la primera línea de defensa. Combinados con vitamina D y vitamina C, forman parte de las estrategias de apoyo inmunitario más habituales. Un aporte de betaglucanos 1-3, 1-6 con vitamina D y C es una opción a considerar en temporadas de mayor exposición o en personas con defensas más frágiles.
Glutatión. Es el antioxidante «maestro» del interior de las células y un regulador clave de las células inmunitarias. Sus niveles descienden con la edad y con el estrés oxidativo, justo cuando más se necesitan. Hemos dedicado una guía completa a por qué el glutatión sostiene el sistema inmune y cómo apoyarlo, que complementa lo que aquí resumimos.
Recuperación tras la infección: el papel de la nutrición en las secuelas
Uno de los aspectos menos conocidos del virus del Nilo es su cola larga. Muchas personas que superan la infección —incluso formas no graves— describen semanas o meses de fatiga persistente, debilidad, dolores musculares, niebla mental y ánimo bajo. En los cuadros neuroinvasivos, más de la mitad de los supervivientes arrastran secuelas de este tipo. Aquí, aunque no hay un tratamiento milagroso, cuidar la nutrición y la recuperación tiene sentido.
Los ácidos grasos omega-3 (EPA y DHA) merecen una mención aparte: son precursores de las llamadas moléculas «resolutivas» (resolvinas y protectinas), que ayudan a apagar de forma ordenada la inflamación una vez cumplida su función. Un buen aporte, en forma de un concentrado de omega-3 de alta pureza, encaja bien en una estrategia de recuperación post-viral y de control de la inflamación de bajo grado. Una revisión sobre nutrición e infecciones virales situó precisamente al omega-3, junto al zinc, el selenio y la vitamina D, entre las intervenciones nutricionales con mayor respaldo para acompañar la recuperación. La clave, como siempre, está en la constancia y en tratar estos apoyos como un complemento de una buena base de descanso, hidratación y alimentación —nunca como un sustituto del criterio médico.
Si además sospechas que arrastras una inflamación crónica de bajo grado que te resta energía —algo común tras infecciones o con la edad—, puede ayudarte revisar nuestra guía sobre qué es la inflamación crónica y cómo reducirla con la alimentación, o hacer el test rápido para orientarte.
Preguntas frecuentes sobre el virus del Nilo Occidental
¿Se contagia de persona a persona?
No en la convivencia normal. Casi todos los contagios ocurren por la picadura de un mosquito infectado. Solo en circunstancias excepcionales (transfusiones, trasplantes, de madre a hijo en el embarazo o la lactancia) se ha documentado transmisión entre personas.
¿Hay vacuna?
No para humanos. Existen vacunas para caballos y varias candidatas humanas en fases iniciales de ensayo clínico, pero ninguna está aprobada ni disponible todavía. La prevención se basa en evitar las picaduras y controlar los mosquitos.
Me ha picado un mosquito en una zona con casos, ¿debo preocuparme?
La gran mayoría de picaduras no transmiten el virus, y de las que lo hacen, la mayoría no produce síntomas. No hay que alarmarse por una picadura. Sí conviene vigilar la aparición de fiebre con dolor de cabeza intenso o síntomas neurológicos en los días siguientes y, si aparecen, consultar.
¿Puede la alimentación protegerme del virus?
No frente al virus en sí: para eso, solo sirve evitar la picadura. Lo que un buen estado nutricional puede hacer es apoyar el funcionamiento normal del sistema inmunitario, que es determinante en cómo responde el cuerpo ante cualquier infección. Es un factor complementario, no una barrera contra el contagio.
¿Quién debería extremar las precauciones?
Las personas mayores de 60-70 años, quienes tienen enfermedades crónicas y las personas inmunodeprimidas. En ellas, la infección tiene más probabilidad de complicarse, así que la protección frente a las picaduras y el cuidado del terreno inmunitario cobran especial importancia.
En resumen
El virus del Nilo Occidental es un viejo conocido que unos veranos cada vez más cálidos están instalando como cita estacional en España y en el sur de Europa. La mayoría de las infecciones son inofensivas y silenciosas, pero en personas mayores o con las defensas debilitadas puede provocar cuadros neurológicos serios, y no disponemos de vacuna ni de antiviral. Por eso todo se juega en dos terrenos: protegerse de las picaduras —repelente, ropa adecuada, mosquiteras y eliminación de agua estancada— y cuidar el estado inmunitario, donde una buena base nutricional cumple un papel de apoyo real, aunque nunca sustituya a la prevención ni al criterio médico. Conocer al enemigo es el primer paso para no tenerle miedo, sino respeto.

Del mismo autor
Fundamentos de nutrición saludable
68 capítulos cortos: qué comer, qué evitar y por qué.
Si quieres el marco completo que hay detrás de lo que acabas de leer, está en el libro. Puedes empezar por un capítulo entero, gratis y en PDF.
Leer un capítulo gratis →Referencias científicas
Contenido elaborado a partir de literatura científica (fuente principal: PubMed) y datos de vigilancia epidemiológica oficiales.
- Gould CV, Staples JE, Guagliardo SAJ, et al. West Nile Virus: A Review. JAMA. 2025;334(7):618-628. doi:10.1001/jama.2025.8737
- Zerbato V, Rossi B, Di Bella S, et al. West Nile virus: epidemiology, prevention, clinical features, diagnosis, treatment, and open research questions. Ann Med. 2026;58(1):2615482. doi:10.1080/07853890.2026.2615482
- Petersen LR, Brault AC, Nasci RS. West Nile virus: review of the literature. JAMA. 2013;310(3):308-315. doi:10.1001/jama.2013.8042
- McDonald E, Mathis S, Martin SW, et al. Surveillance for West Nile Virus Disease — United States, 2009-2018. MMWR Surveill Summ. 2021;70(1):1-15. doi:10.15585/mmwr.ss7001a1
- Sejvar JJ. West Nile Virus Infection. Microbiol Spectr. 2016;4(3). doi:10.1128/microbiolspec.EI10-0021-2016
- Calder PC, Carr AC, Gombart AF, Eggersdorfer M. Optimal Nutritional Status for a Well-Functioning Immune System Is an Important Factor to Protect against Viral Infections. Nutrients. 2020;12(4):1181. doi:10.3390/nu12041181
- Alexander J, Tinkov A, Strand TA, et al. Early Nutritional Interventions with Zinc, Selenium and Vitamin D for Raising Anti-Viral Resistance Against Progressive COVID-19. Nutrients. 2020;12(8):2358. doi:10.3390/nu12082358
- Antwi J, Appiah B, Oluwakuse B, Abu BAZ. The Nutrition-COVID-19 Interplay: a Review. Curr Nutr Rep. 2021;10(4):364-374. doi:10.1007/s13668-021-00380-2
- European Centre for Disease Prevention and Control (ECDC/EFSA). Surveillance of West Nile virus infections in humans and animals in Europe, 2026. Informes de vigilancia estacional. ecdc.europa.eu
- Ministerio de Sanidad (España). Vigilancia de la fiebre del Nilo Occidental en España, temporada 2026. sanidad.gob.es
Aviso médico: Este artículo tiene carácter exclusivamente informativo y divulgativo. No sustituye el consejo, el diagnóstico ni el tratamiento de un profesional sanitario cualificado. El virus del Nilo Occidental puede provocar enfermedad grave; ante fiebre con síntomas neurológicos, especialmente en verano y otoño, busca atención médica. Los complementos alimenticios no previenen, tratan ni curan la infección, y su uso —sobre todo si tienes alguna condición médica o tomas medicación— debe consultarse con un profesional de la salud.
✔️ Contenido escrito y revisado por el Dr. Fernando Molina Sánchez, médico colegiado, según nuestro método editorial.