El frío y la grasa parda: cómo activar la grasa que quema grasa

En breve: qué es la grasa parda y cómo activarla con el frío

La grasa parda (o tejido adiposo marrón) es un tipo de grasa que, en lugar de almacenar energía, la quema para producir calor. La exposición al frío es su principal activador: duchas o ambientes fríos ponen en marcha este tejido, lo que se asocia a un mayor gasto energético y a un mejor control de la glucosa. No es una fórmula mágica para adelgazar —su cantidad es pequeña y disminuye con la edad y el sobrepeso—, pero el frío moderado, junto al ejercicio y un buen descanso, ayuda a mantenerla activa.

Contenido de esta guía

Cada vez más gente se mete en una bañera de agua helada, se ducha con agua fría por la mañana o practica el llamado cold plunge con la esperanza de acelerar su metabolismo y perder grasa. Detrás de esta moda hay un fenómeno biológico real y fascinante: el frío es uno de los estímulos más potentes que existen para activar un tipo especial de grasa que, en lugar de almacenar energía, la quema para producir calor. En esta guía repasamos qué dice la ciencia actual sobre el frío, la grasa parda, la conversión de un tipo de grasa en otro, el papel de hormonas como la adiponectina y qué podemos esperar de forma realista si buscamos mejorar nuestro metabolismo o abordar la obesidad.

No toda la grasa es igual: blanca, parda y beige

Solemos hablar de «la grasa» como si fuera una sola cosa, pero el cuerpo humano tiene al menos tres tipos de tejido adiposo con funciones muy distintas.

La grasa blanca es la más abundante y la que asociamos al sobrepeso. Su función clásica es almacenar el exceso de energía en forma de triglicéridos y liberarla cuando hace falta. Es la que se acumula en el abdomen, las caderas o bajo la piel. En exceso, sobre todo la grasa visceral que rodea los órganos, se asocia con inflamación de bajo grado y con resistencia a la insulina.

La grasa parda (o tejido adiposo marrón) es completamente diferente. Está repleta de mitocondrias —las «centrales energéticas» de la célula— y contiene una proteína singular llamada UCP1 (proteína desacoplante 1). Gracias a ella, la grasa parda no usa la energía para producir ATP, sino que la «desacopla» y la disipa directamente en forma de calor. Dicho de otro modo: la grasa parda es un tejido diseñado para gastar energía, no para guardarla. Los bebés tienen mucha para mantener la temperatura, y durante años se pensó que los adultos apenas conservaban nada; hoy sabemos que muchos adultos mantienen depósitos activos, sobre todo en el cuello y la zona de las clavículas.

Entre ambas existe un tercer actor: la grasa beige (o «brite», de brown-in-white). Son células que aparecen dentro de la grasa blanca y adoptan propiedades de la parda, incluyendo la capacidad de producir calor. Este proceso de transformación —que la grasa blanca «se vuelva» beige— es lo que los científicos llaman pardeamiento o browning, y es justamente donde el frío entra en juego.

Qué le hace el frío a tu grasa

Cuando la piel detecta frío, el sistema nervioso simpático libera noradrenalina, que actúa sobre unos receptores (los receptores β3-adrenérgicos) presentes en las células grasas. Esa señal enciende la maquinaria térmica: se activa la grasa parda ya existente y, a medio plazo, se estimula la aparición de células beige dentro de la grasa blanca. Es lo que se conoce como termogénesis sin temblor: el cuerpo genera calor quemando grasa y azúcar, sin necesidad de tiritar.

Según la literatura indexada en PubMed, la exposición al frío incrementa en la grasa la expresión de los «interruptores» moleculares del pardeamiento —UCP1, PGC-1α y PRDM16— al tiempo que reduce la maquinaria que fabrica y almacena grasa. Una revisión sobre el tejido adiposo pardo y beige resume por qué esto interesa tanto en obesidad y diabetes tipo 2: al activar la grasa parda e inducir el pardeamiento de la blanca se acelera la captación de glucosa y de grasas de la sangre, lo que puede aliviar la carga sobre la insulina y mejorar el metabolismo de azúcares y lípidos.

Un dato especialmente llamativo de la investigación reciente: el frío no solo activa la grasa parda en el momento, sino que parece dejar una especie de «memoria» en el tejido. En modelos animales, una exposición breve al frío moderado activó un programa térmico (mediado por el factor C/EBPβ) que se mantuvo elevado hasta siete días después, y ese mismo factor se induce también en la grasa parda humana. Esto sugiere que el estímulo del frío puede tener efectos que perduran más allá del propio baño.

De grasa blanca a beige: el «pardeamiento» explicado

El pardeamiento es la joya de la corona en este campo, porque significa que un tejido que normalmente guarda calorías puede reprogramarse para quemarlas. Ocurre por dos vías complementarias: algunas células blancas maduras se transdiferencian y adquieren rasgos de parda, y además se generan células beige nuevas a partir de precursores del propio tejido.

La investigación ha ido identificando las señales que gobiernan este proceso. Por ejemplo, se ha descrito que el frío induce en la grasa blanca la vía de la endotelina 3 y su receptor EDNRB, necesaria para formar células beige; cuando esa vía se bloquea en modelos animales, los animales ganan peso en exceso y desarrollan intolerancia a la glucosa y resistencia a la insulina con dieta rica en grasa. Es una muestra de por qué el pardeamiento se considera hoy una diana terapéutica tan atractiva frente a la obesidad y los trastornos metabólicos.

La grasa parda hace además de «filtro metabólico». Un trabajo publicado en Nature mostró que, con el frío, la grasa parda consume activamente aminoácidos de cadena ramificada (los BCAA: valina, leucina e isoleucina) en sus mitocondrias para producir calor, ayudando a «limpiar» la sangre de estas moléculas. Como los niveles altos de BCAA se asocian con obesidad y diabetes, esta capacidad de la grasa parda de utilizarlos podría contribuir a un perfil metabólico más saludable.

La adiponectina: una pieza clave (y con matices)

Si hay una hormona que conecta la grasa con la salud metabólica, es la adiponectina. La producen las propias células grasas y, a diferencia de otras señales del tejido adiposo, sus niveles suelen ser más bajos en personas con obesidad y resistencia a la insulina. Tiene efectos antiinflamatorios, mejora la sensibilidad a la insulina y protege el sistema cardiovascular.

¿Qué tiene que ver con el frío? Bastante. Se ha observado que la exposición crónica al frío eleva de forma marcada la producción de adiponectina en la grasa subcutánea, y que esa adiponectina actúa como una señal que favorece el pardeamiento: recluta un tipo de células inmunitarias (los macrófagos M2), promueve su proliferación y, con ello, activa las células beige y el programa térmico. En modelos sin adiponectina, esta respuesta al frío quedaba muy mermada, y se recuperaba al reponerla. Es decir, el frío y la adiponectina parecen reforzarse mutuamente en la conversión de grasa blanca a beige.

Ahora bien, la biología rara vez es lineal, y conviene ser honestos con los matices. Otros estudios en animales han descrito que la adiponectina también puede frenar la termogénesis de la grasa parda clásica al reducir la expresión de UCP1 en ese depósito. La lectura más prudente hoy es que la adiponectina cumple funciones distintas según el tejido y el contexto —favoreciendo el pardeamiento de la grasa subcutánea pero modulando la actividad de la parda clásica— y que su papel global sigue estudiándose. Lo que sí está bien establecido es que tener buenos niveles de adiponectina es un marcador de salud metabólica, y que ciertos hábitos y nutrientes se han relacionado con elevarla.

¿Y qué dice la evidencia en personas, no solo en ratones?

Es una pregunta justa, porque buena parte de la mecánica fina procede de modelos animales. Pero también hay datos en humanos que merecen atención.

Uno de los estudios más citados observó que 10 días de aclimatación al frío (permanecer varias horas al día a 14–15 °C) aumentaron la sensibilidad a la insulina en torno a un 43 % en personas con diabetes tipo 2. Curiosamente, el mecanismo principal no fue tanto la grasa parda como una mayor movilización del transportador de glucosa GLUT4 en el músculo. Es un recordatorio importante: los beneficios metabólicos del frío probablemente no vienen de un solo tejido, sino de una respuesta coordinada de músculo y grasa.

En otra línea, un estudio en humanos mostró que activar la grasa parda con frío eleva de forma aguda toda una familia de mediadores lipídicos derivados de los ácidos grasos —incluidos precursores de resolvinas y protectinas como el 17-HDHA o la protectina D1—, varios de los cuales se correlacionaron positivamente con los niveles de adiponectina. Estos mediadores tienen un papel en la regulación de la inflamación y del metabolismo, lo que abre una vía interesante para entender por qué la activación de la grasa parda podría ser beneficiosa más allá del simple gasto calórico.

Finalmente, un trabajo en adultos con sobrepeso u obesidad encontró que quienes presentaban un perfil «metabólicamente sano» tenían más volumen y actividad de grasa parda y una mayor termogénesis inducida por el frío que sus pares metabólicamente no sanos. No demuestra causa-efecto, pero encaja con la idea de que una grasa parda activa acompaña a un fenotipo más saludable.

Baños de hielo, duchas frías y cold plunge: ¿sirven para adelgazar?

Aquí es donde conviene bajar las expectativas a la realidad. Que el frío active la grasa parda y mejore ciertos marcadores metabólicos no significa que meterse en agua helada derrita la grasa abdominal ni sustituya a una alimentación adecuada y al ejercicio.

El gasto energético extra que produce la termogénesis por frío es real pero modesto en la mayoría de personas, y la cantidad de grasa parda activa varía muchísimo de un individuo a otro (influyen la edad, el sexo, la composición corporal y la genética). Además, gran parte de la evidencia sólida procede de exposiciones controladas y prolongadas a frío moderado (horas a 14–17 °C), no necesariamente de inmersiones muy breves en agua a pocos grados. Un baño de hielo de dos o tres minutos y una aclimatación de varias semanas a temperatura fresca no son lo mismo fisiológicamente.

Dicho esto, la exposición regular al frío sí puede tener un papel como complemento dentro de un estilo de vida saludable: puede contribuir a «entrenar» la termogénesis, mejorar la tolerancia al frío y, en algunas personas, aportar una sensación de bienestar y de mayor energía. La clave es verlo como una herramienta más —junto al ejercicio, el sueño y la nutrición— y no como un atajo milagroso.

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Seguridad primero: cuándo el frío no es buena idea

La exposición al frío intenso no es inocua y no es apta para todo el mundo. Antes de probar baños de hielo o inmersiones en agua muy fría conviene tener en cuenta varias precauciones:

El agua fría provoca una respuesta cardiovascular brusca —el llamado «shock por frío»— con aceleración del ritmo cardíaco y subida de la tensión arterial. Por eso, las personas con enfermedad cardiovascular, hipertensión no controlada o arritmias deben evitarlo o consultarlo antes con su médico. Tampoco es recomendable para mujeres embarazadas, personas con enfermedad de Raynaud, con problemas de sensibilidad al frío o con determinadas condiciones de salud sin supervisión profesional.

Hay además un riesgo real de hipotermia si la exposición es demasiado larga o el agua demasiado fría, y nunca debe practicarse la inmersión en solitario en aguas abiertas ni combinarse con hiperventilación previa (por el peligro de desmayo bajo el agua). El sentido común manda: empezar de forma muy gradual, mantener sesiones cortas y salir ante cualquier señal de mareo, entumecimiento intenso o dificultad para respirar.

Cómo empezar de forma segura y gradual

Si tu médico no ve inconveniente y quieres explorar el frío como hábito, la progresión razonable es esta: comienza por duchas templadas que terminan con 15–30 segundos de agua fría, y aumenta poco a poco la duración a lo largo de las semanas. Muchas personas encuentran suficiente mantenerse en un rango de «frío incómodo pero tolerable» en lugar de perseguir temperaturas extremas.

Mantener el ambiente del hogar algo más fresco en invierno (en lugar de una calefacción muy alta) es, de hecho, una forma suave y sostenible de aclimatación que se acerca más a lo estudiado en la literatura. Y si en algún momento das el paso a inmersiones frías, hazlo siempre acompañado, con tiempos cortos y controlados, y con un plan claro de recalentamiento posterior.

Nutrientes y hábitos que apoyan la grasa parda

El frío es el estímulo estrella, pero no es el único factor que influye en la actividad de la grasa parda y en el pardeamiento. El ejercicio físico también favorece la aparición de células beige, y un descanso adecuado y el control del estrés ayudan a mantener el sistema nervioso simpático en equilibrio. En el plano nutricional, la investigación ha explorado varios compuestos que, en estudios en gran parte experimentales, se han relacionado con la termogénesis y el metabolismo de la grasa.

Los ácidos grasos omega-3 ocupan un lugar destacado en este relato. Por un lado, son el material del que se fabrican los mediadores lipídicos especializados (resolvinas, protectinas, maresinas) que, como vimos, se elevan al activar la grasa parda y participan en la resolución de la inflamación. Por otro, varios ensayos han observado que la suplementación con omega-3 puede mejorar los niveles de adiponectina, esa hormona tan ligada a la salud metabólica y al pardeamiento. Asegurar un buen aporte a través del pescado azul o de un concentrado de omega-3 de alta pureza es una de las bases más razonables para acompañar cualquier estrategia metabólica —aunque conviene saber que no todos los suplementos de omega-3 son iguales en cuanto a forma química y oxidación. Si quieres saber en qué punto partes, puedes medir tu equilibrio de ácidos grasos en casa.

Entre los compuestos vegetales, la curcumina de la cúrcuma es de los más estudiados en este contexto: en modelos animales se ha visto que promueve el pardeamiento de la grasa blanca a través de la vía de la noradrenalina y los receptores β3, con reducción de la masa grasa y mejor tolerancia al frío. Su absorción es baja por sí sola, por lo que suele combinarse con piperina para aumentar su biodisponibilidad; una fórmula con cúrcuma y piperina de alta biodisponibilidad es la forma habitual de aprovecharla, y encaja bien además con su conocido perfil antiinflamatorio.

Otro flavonoide con datos interesantes es la quercetina (y su pariente la fisetina). En modelos de obesidad inducida por dieta, la quercetina se ha asociado con una mayor expresión de genes termogénicos en la grasa parda —UCP1, PGC-1α— a través de las vías AMPK y β3-adrenérgica, además de modular la microbiota intestinal. Son resultados preclínicos que hay que interpretar con cautela, pero apuntan a que un complejo con quercetina y fisetina puede tener interés dentro de una estrategia global de salud metabólica y envejecimiento saludable.

Conviene subrayar algo: ningún suplemento sustituye al estímulo del frío, al ejercicio o a una buena alimentación, y la mayoría de estos datos proceden de estudios experimentales. Su papel es de apoyo, dentro de un plan coherente y personalizado.

Si te interesa profundizar en cómo la grasa se relaciona con el metabolismo, te pueden resultar útiles nuestras guías sobre las causas reales de la obesidad y sus mecanismos hormonales, sobre el control glucémico y la insulina y sobre la inflamación crónica, todas ellas muy conectadas con lo que hemos visto aquí. Y si te llama la atención cómo otros hábitos influyen en el gasto energético, quizá te interese lo que la ciencia dice sobre el café, la grasa y el músculo.

Preguntas frecuentes

¿Los baños de hielo hacen adelgazar?

Por sí solos, no de forma significativa. El frío activa la grasa parda y aumenta algo el gasto calórico, pero ese efecto es modesto y muy variable entre personas. Como complemento de una alimentación adecuada y ejercicio puede aportar, pero no es un método de pérdida de peso por sí mismo.

¿Cuánto frío hace falta para activar la grasa parda?

La evidencia más sólida procede de exposiciones prolongadas a frío moderado (varias horas a 14–17 °C durante días o semanas), más que de inmersiones muy breves en agua helada. Mantener el hogar algo más fresco o hacer duchas frías cortas y regulares se acerca más a lo estudiado.

¿Todo el mundo puede hacer exposición al frío?

No. Las personas con problemas cardiovasculares, hipertensión no controlada, arritmias, embarazo o ciertas condiciones de salud deben evitarlo o consultarlo con su médico. Hay riesgo cardiovascular y de hipotermia si se hace de forma inadecuada.

¿La adiponectina se puede subir con hábitos?

Los niveles de adiponectina se asocian con un peso saludable, el ejercicio y ciertos nutrientes como los omega-3. Tener buenos niveles es un marcador de salud metabólica, aunque su papel en la termogénesis es complejo y sigue investigándose.

¿Sirve el frío en personas con obesidad o diabetes?

Hay datos preliminares prometedores —por ejemplo, mejoras en la sensibilidad a la insulina tras aclimatación al frío en personas con diabetes tipo 2—, pero siempre debe hacerse con supervisión médica y como parte de un abordaje integral, nunca en sustitución del tratamiento.

Conclusión

El frío es un estímulo biológico genuino: activa la grasa parda, favorece la conversión de grasa blanca en beige y pone en marcha señales —como la adiponectina y los mediadores lipídicos— que conectan el tejido adiposo con la salud metabólica. La investigación de los últimos años ha demostrado que esta «grasa que quema grasa» es una diana muy prometedora frente a la obesidad y la diabetes. Pero, como casi todo en salud, el frío no es una fórmula mágica: es una herramienta más, que funciona mejor cuando se combina con ejercicio, buen descanso, una alimentación adecuada y, si procede, un apoyo nutricional bien elegido. Y siempre, siempre, con seguridad y sentido común por delante.

Portada de Fundamentos de nutrición saludable, del Dr. Fernando Molina Sánchez

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Referencias científicas

Información basada en artículos recuperados de PubMed. Los enlaces DOI dan acceso a los estudios originales.

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  2. Hui X, Gu P, Zhang J, et al. Adiponectin enhances cold-induced browning of subcutaneous adipose tissue via promoting M2 macrophage proliferation. Cell Metab. 2015;22(2):279-290. doi:10.1016/j.cmet.2015.06.004
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Aviso médico

Este artículo tiene carácter exclusivamente informativo y educativo, y no sustituye el consejo, diagnóstico ni tratamiento de un profesional sanitario cualificado. La exposición al frío intenso conlleva riesgos y no es adecuada para todas las personas. Consulta siempre con tu médico antes de iniciar prácticas de exposición al frío, de introducir suplementos o de modificar tu tratamiento, especialmente si padeces alguna enfermedad cardiovascular, metabólica o estás embarazada.

✔️ Contenido escrito y revisado por el Dr. Fernando Molina Sánchez, médico colegiado, según nuestro método editorial.

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