Por qué algunas mujeres sienten más calor: causas hormonales y ambientales

Muchas mujeres describen la misma experiencia: la habitación está a una temperatura que a los demás les parece agradable, pero ellas necesitan bajar el aire, abrir la ventana o quitarse una capa de ropa. A veces ocurre de forma puntual, en ciertos días del mes; otras veces se vuelve una compañía constante, con oleadas de calor que llegan sin avisar. Es un tema del que a menudo se habla en tono de broma —las «guerras del termostato» en la oficina— o, peor aún, del que algunas mujeres se sienten juzgadas, como si exageraran o fueran «demasiado sensibles».

Conviene decirlo con claridad desde el principio: esa sensación de calor es real y tiene una base fisiológica. No es cuestión de fuerza de voluntad ni de carácter. El cuerpo femenino regula la temperatura de una forma que cambia a lo largo de la vida y del propio ciclo, y en determinados momentos esa regulación empuja hacia sentir más calor o desear un ambiente más fresco. En esta guía repasamos, con la evidencia disponible y sin alarmismos, por qué sucede: desde las diferencias biológicas normales hasta las causas hormonales y las situaciones que sí conviene consultar con un profesional.

Cómo regula el cuerpo la temperatura

El organismo humano mantiene su temperatura interna dentro de un margen muy estrecho, alrededor de 37 °C. De ese equilibrio se encarga sobre todo el hipotálamo, una pequeña región del cerebro que funciona como un termostato: recibe señales de la temperatura de la sangre y de la piel, las compara con un punto de referencia y activa respuestas para calentar o enfriar el cuerpo.

Cuando sobra calor, el cuerpo dilata los vasos de la piel (por eso enrojecemos) y empieza a sudar, porque la evaporación del sudor refresca. Cuando falta calor, ocurre lo contrario: los vasos se contraen para conservar temperatura y aparecen los escalofríos. Existe un rango —la llamada zona termoneutral— dentro del cual el cuerpo mantiene su temperatura sin tener que sudar ni tiritar. Cuando esa zona se estrecha, pequeños cambios ambientales que antes pasaban desapercibidos empiezan a disparar sudoración o sensación de calor. Este concepto, como veremos, es clave para entender los sofocos.

¿Perciben las mujeres la temperatura de forma distinta?

En promedio, hombres y mujeres no tienen exactamente el mismo «confort térmico». Un análisis publicado en Nature Climate Change mostró que muchos estándares de climatización de edificios se calcularon a partir del metabolismo de un varón adulto tipo, y que el gasto metabólico en reposo de las mujeres tiende a ser algo menor, lo que suele traducirse en que, de media, prefieren temperaturas ambientales un poco más altas. Es decir: a nivel poblacional, muchas mujeres sienten más frío, no más calor, en oficinas con el aire muy fuerte.

Esto puede parecer contradictorio con la experiencia de quien siente calor constante, pero en realidad ayuda a entenderla. Lo importante es que la percepción de la temperatura es individual y fisiológica, no una cuestión de aguante. Depende de la masa muscular, de la proporción y distribución de grasa, del flujo sanguíneo de la piel y, muy especialmente en la mujer, del momento hormonal en que se encuentre. Sobre esa base general se superponen situaciones concretas —el ciclo, el embarazo, la perimenopausia, la función tiroidea— que pueden inclinar la balanza justo hacia el lado contrario y hacer que una mujer sienta más calor que las personas de su entorno.

El ciclo menstrual: un termostato que cambia cada mes

Uno de los factores más constantes y menos conocidos es el propio ciclo menstrual. Tras la ovulación, en la llamada fase lútea, sube la progesterona, una hormona con efecto termogénico: eleva ligeramente la temperatura corporal. Una revisión amplia sobre termorregulación en la mujer describe que la temperatura interna es entre 0,3 y 0,7 °C más alta en la fase lútea —cuando la progesterona es elevada— en comparación con la fase folicular previa a la ovulación.

Ese ascenso es tan fiable que la medición de la temperatura basal se ha usado tradicionalmente como indicador de que ha habido ovulación. La misma revisión señala que el estrógeno actúa en sentido opuesto, con un ligero efecto de enfriamiento, de modo que el patrón de temperatura a lo largo del mes refleja el juego entre ambas hormonas. En la práctica, muchas mujeres notan más calor, sofocos leves o peor tolerancia al ambiente cálido en los días previos a la regla: no es imaginación, es progesterona.

Perimenopausia y menopausia: cuando llegan los sofocos

Si hay una etapa en la que la sensación de calor se vuelve protagonista, es la transición hacia la menopausia. Los síntomas vasomotores —los sofocos y los sudores nocturnos— son de las molestias más frecuentes de este periodo y afectan a una gran proporción de mujeres, con episodios que pueden repetirse durante años.

El mecanismo se ha ido esclareciendo. Con la caída de los estrógenos, la zona termoneutral del cerebro se estrecha de manera marcada, según describió el investigador Robert Freedman. Cuando ese margen se reduce, un pequeño aumento de la temperatura interna que antes habría pasado desapercibido cruza el umbral de sudoración y el cuerpo reacciona de forma exagerada: dilata bruscamente los vasos de la piel y activa la sudoración para «enfriar» de golpe. Eso es, en esencia, un sofoco.

Detrás de este ajuste hay un grupo concreto de neuronas del hipotálamo. La investigación con modelos experimentales ha mostrado que unas células llamadas neuronas KNDy (que producen kisspeptina, neuroquinina B y dinorfina) participan en la vasodilatación de la piel y en cómo el estrógeno modula la temperatura corporal. Al faltar el estrógeno en la menopausia, estas neuronas se vuelven hiperactivas y contribuyen a desencadenar los episodios de calor. De hecho, esta vía es la diana de una nueva generación de tratamientos no hormonales para los sofocos, lo que confirma hasta qué punto el fenómeno es biológico y no «psicológico».

Una revisión reciente sobre los efectos de la menopausia en la regulación de la temperatura resume que estos cambios pueden alterar tanto la temperatura diurna como el descanso nocturno, ya que los sudores nocturnos fragmentan el sueño. Por eso el calor menopáusico rara vez viene solo: suele acompañarse de despertares, cansancio y peor estado de ánimo, en un círculo que conviene abordar de forma integral.

Embarazo: más calor por diseño

El embarazo es otra etapa en la que sentir más calor es completamente normal. El metabolismo se acelera para sostener el desarrollo del bebé, aumenta el volumen de sangre y se dilatan los vasos de la piel para disipar el calor extra. A ello se suman niveles altos de progesterona, con su efecto termogénico. Muchas mujeres embarazadas refieren que toleran mucho peor el calor y buscan ambientes más frescos; salvo signos de alarma, se trata de una adaptación fisiológica esperable.

Tiroides y otras causas médicas del exceso de calor

No todo el calor es hormonal «normal». Cuando la sensación de calor es persistente, intensa y se acompaña de otros síntomas, conviene descartar causas médicas. La más característica es el hipertiroidismo, es decir, una glándula tiroides que produce hormona en exceso. Estas hormonas aceleran el metabolismo y aumentan la producción de calor: un estudio en pacientes con hipertiroidismo evidente encontró que su gasto energético en reposo estaba muy elevado y descendía alrededor de un 21 % al normalizar la función tiroidea. Por eso la intolerancia al calor y el sudor excesivo son señales clásicas de esta condición, habitualmente junto a palpitaciones, pérdida de peso, temblor fino o nerviosismo.

Otras situaciones que pueden cursar con más calor o sudoración incluyen ciertos fármacos, algunas infecciones, la ansiedad intensa y determinados trastornos del sistema nervioso autónomo. La regla práctica es sencilla: un calor nuevo, marcado y acompañado de otros síntomas merece una consulta y, a menudo, una simple analítica.

Factores ambientales y de estilo de vida

Sobre la biología se superpone el entorno, y aquí hay mucho margen de acción. Varios factores cotidianos amplifican la sensación de calor y los sofocos:

  • Alcohol y cafeína: ambos pueden dilatar los vasos y actuar como desencadenantes de sofocos en mujeres predispuestas.
  • Comidas muy picantes o calientes: activan receptores que el cerebro interpreta como calor.
  • Estrés y ansiedad: la activación del sistema nervioso simpático eleva la temperatura de la piel y puede disparar episodios de calor.
  • Ambiente y ropa: habitaciones cálidas, ropa de fibras sintéticas poco transpirables y exceso de abrigo estrechan aún más el margen de confort.
  • Sueño de mala calidad: el descanso insuficiente altera la regulación térmica y hace que se toleren peor los cambios de temperatura.
  • Composición corporal: el tejido adiposo actúa como aislante, por lo que un exceso de peso puede dificultar la disipación del calor.

La buena noticia es que casi todos estos factores son modificables. Mantener el dormitorio fresco, vestir por capas con tejidos naturales, moderar alcohol y café por la tarde, cenar ligero y trabajar el manejo del estrés son medidas sencillas que reducen tanto la frecuencia como la intensidad de los episodios.

Qué puede ayudar: hábitos y apoyo nutricional

Más allá de enfriar el ambiente, el abordaje del calor —sobre todo el asociado al ciclo y a la perimenopausia— se beneficia de cuidar el terreno de fondo: el descanso, el estado de ánimo, el equilibrio hormonal y la salud ósea, que también se resiente en esta etapa. La alimentación es la base, y sobre ella algunos nutrientes concretos han sido estudiados como apoyo.

El magnesio es uno de ellos. Interviene en la relajación neuromuscular y en la calidad del sueño, dos aspectos muy castigados cuando hay sudores nocturnos. Combinado con extracto de azafrán —cuyo componente estandarizado se ha estudiado en relación con el ánimo bajo leve a moderado—, un aporte de azafrán con magnesio y yodo puede acompañar el bienestar emocional y el descanso en las fases de mayor sensibilidad hormonal, sin que ello sustituya al tratamiento médico cuando este es necesario.

La vitamina D merece una mención aparte en la mujer que atraviesa el climaterio, porque su déficit es frecuente y se relaciona con la salud ósea y el estado de ánimo, ambos vulnerables en la menopausia. Un aporte de vitamina D3 junto con magnesio biodisponible puede ayudar a mantener niveles adecuados, especialmente cuando la exposición solar es escasa; lo ideal es ajustarlo conociendo el nivel real mediante una analítica.

Por último, los ácidos grasos omega-3 se han estudiado por su papel en el equilibrio inflamatorio, el perfil lipídico y el estado de ánimo, tres frentes que cambian con la caída de estrógenos. Incorporar un concentrado de omega-3 de alta pureza es una forma sencilla de reforzar la dieta, sobre todo si el consumo de pescado azul es bajo. Conviene recordar que estos apoyos complementan un estilo de vida saludable y no reemplazan la valoración de un profesional, imprescindible cuando los síntomas interfieren con la vida diaria.

Cuándo consultar con un profesional

Sentir más calor en ciertos días del mes, en el embarazo o durante la perimenopausia suele ser normal. Sin embargo, conviene buscar valoración médica si aparece calor o sudoración intensos de forma nueva y mantenida, sobre todo si se acompañan de pérdida de peso sin motivo, palpitaciones o pulso acelerado, temblor, nerviosismo llamativo, sudores nocturnos que empapan la ropa de cama, fiebre o si los sofocos afectan seriamente al sueño y a la calidad de vida. Una consulta y una analítica sencilla suelen bastar para aclarar el origen y poner solución.

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Preguntas frecuentes

¿Por qué siento más calor justo antes de la regla?

Porque tras la ovulación sube la progesterona, una hormona con efecto termogénico que eleva ligeramente la temperatura corporal (entre 0,3 y 0,7 °C) durante la fase lútea. Es una variación fisiológica normal del ciclo.

¿Los sofocos son solo cosa de la menopausia?

Son especialmente característicos de la perimenopausia y la menopausia por la caída de estrógenos, pero también pueden aparecer, de forma más leve, en relación con el ciclo, ciertos fármacos o problemas de tiroides. Si son intensos o atípicos, conviene consultarlo.

¿Sentir mucho calor puede ser un problema de tiroides?

Sí. El hipertiroidismo acelera el metabolismo y aumenta la producción de calor, por lo que la intolerancia al calor y el sudor excesivo son señales frecuentes, habitualmente junto a palpitaciones, temblor o pérdida de peso. Una analítica de función tiroidea lo aclara.

¿Es verdad que las mujeres sienten más frío que los hombres?

De media, sí: su gasto metabólico en reposo tiende a ser algo menor y suelen preferir temperaturas ambientales un poco más altas. Pero la percepción térmica es muy individual, y situaciones hormonales concretas pueden hacer que una mujer sienta justamente lo contrario.

Conclusión

Que algunas mujeres sientan más calor o necesiten un ambiente más fresco no es un capricho ni una exageración: es el reflejo de una fisiología que cambia con el ciclo, el embarazo y, sobre todo, la transición hacia la menopausia, y que a veces avisa de algo que conviene revisar, como la función tiroidea. Entender el mecanismo —esa zona termoneutral que se estrecha, esas hormonas que suben y bajan— ayuda a vivirlo con menos frustración y a tomar medidas concretas: cuidar el sueño, el ambiente y la alimentación, apoyar el organismo con los nutrientes adecuados y, cuando haga falta, pedir ayuda profesional. El calor tiene explicación, y también tiene manejo.

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Referencias científicas

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Aviso médico: este artículo tiene carácter exclusivamente informativo y educativo. No sustituye la consulta, el diagnóstico ni el tratamiento de un profesional sanitario cualificado. Si experimentas síntomas que te preocupan, consulta con tu médico antes de tomar decisiones sobre tu salud o de iniciar cualquier suplementación.

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