Epilepsia: qué es, tipos de crisis, causas y tratamiento

En breve: qué es la epilepsia y cómo se trata

La epilepsia es una enfermedad neurológica en la que el cerebro tiene tendencia a generar crisis (descargas eléctricas anómalas) de forma repetida. No es lo mismo que tener una única convulsión aislada: se diagnostica cuando hay al menos dos crisis no provocadas separadas por más de 24 horas, o una crisis con alto riesgo de que se repita, o un síndrome epiléptico concreto. La base del tratamiento son los fármacos antiepilépticos, con los que alrededor de dos de cada tres personas quedan libres de crisis. Cuando no responden, existen otras opciones (cirugía, estimulación del nervio vago, dieta cetogénica supervisada, cannabidiol en casos concretos). La alimentación y los hábitos ayudan a controlar la enfermedad, pero no sustituyen a la medicación. Ante una crisis que dura más de cinco minutos, llama al 112.

Contenido de esta guía

La epilepsia es uno de los trastornos neurológicos más frecuentes del mundo: según la Organización Mundial de la Salud, la padecen alrededor de 50 millones de personas. Y sin embargo, pocas enfermedades arrastran tanto desconocimiento y tantos mitos. Mucha gente sigue creyendo que una crisis es siempre una convulsión aparatosa con caída al suelo, cuando en realidad las hay de muchos tipos, algunas tan sutiles como unos segundos de desconexión.

Entender qué es realmente la epilepsia, qué tipos de crisis existen, qué las causa y cómo se tratan es el primer paso para vivir con ella sin miedo y para saber actuar si alguien a nuestro alrededor tiene una crisis. En esta guía lo repasamos todo con criterio clínico y sin tecnicismos innecesarios, incluyendo un apartado sobre qué puede (y qué no puede) hacer la nutrición.


Qué es la epilepsia (y qué no lo es)

El cerebro funciona mediante impulsos eléctricos ordenados que viajan entre las neuronas. Una crisis epiléptica ocurre cuando un grupo de neuronas se descarga de forma brusca, excesiva y sincronizada, interrumpiendo momentáneamente ese funcionamiento normal. Según la zona del cerebro afectada, esa descarga puede traducirse en una convulsión, en movimientos involuntarios, en sensaciones extrañas, en una pérdida de consciencia o simplemente en unos segundos de desconexión.

Aquí está la distinción clave: tener una crisis no significa tener epilepsia. Una crisis aislada puede aparecer por una fiebre muy alta, una bajada brusca de azúcar, una intoxicación, la falta de sueño extrema o la abstinencia de alcohol, sin que la persona vuelva a tener ninguna otra. De hecho, se calcula que alrededor de 1 de cada 10 personas tendrá una crisis en algún momento de su vida, mientras que la epilepsia como enfermedad afecta a cerca del 1 %.

La Liga Internacional contra la Epilepsia (ILAE) definió de forma práctica que hay epilepsia cuando se cumple alguna de estas condiciones: al menos dos crisis no provocadas (o reflejas) separadas por más de 24 horas; una sola crisis no provocada pero con una probabilidad de recurrencia alta (del 60 % o más en los siguientes 10 años, por ejemplo cuando hay una lesión cerebral que la justifica); o el diagnóstico de un síndrome epiléptico concreto. Esa misma definición introduce un concepto esperanzador: la epilepsia puede considerarse resuelta en quienes han superado la edad de un síndrome dependiente de la edad o llevan 10 años sin crisis, los últimos 5 de ellos sin medicación.


Tipos de crisis epilépticas

La clasificación actual de la ILAE (2017) organiza las crisis según dónde empiezan en el cerebro. Conocer el tipo es importante porque orienta el diagnóstico, el tratamiento y el pronóstico.

Crisis de inicio focal

Empiezan en una zona concreta de un hemisferio cerebral. Se distinguen según si la persona mantiene o no la consciencia: crisis focales con consciencia conservada (antes llamadas «parciales simples»), en las que la persona está despierta y consciente aunque note síntomas raros (un olor extraño, una sensación en el estómago, hormigueos, movimientos de una mano); y crisis focales con alteración de la consciencia (antes «parciales complejas»), en las que la persona parece ausente, puede hacer gestos automáticos (chasquear los labios, manipular objetos) y no recuerda lo ocurrido. Una crisis focal puede propagarse a todo el cerebro y convertirse en una crisis focal a tónico-clónica bilateral (lo que antes se llamaba «crisis secundariamente generalizada»).

Crisis de inicio generalizado

Afectan a redes de ambos hemisferios desde el principio. Las más conocidas son las tónico-clónicas (la clásica convulsión: rigidez seguida de sacudidas rítmicas, pérdida de consciencia, a veces mordedura de lengua o pérdida de control de esfínteres). Pero también están las ausencias (breves desconexiones de pocos segundos, frecuentes en niños, que pueden confundirse con despistes), las mioclónicas (sacudidas bruscas y rápidas de brazos o cuerpo), las atónicas (pérdida súbita del tono muscular con caída) y las tónicas (rigidez mantenida).

Crisis de inicio desconocido

Cuando no se ha podido observar el comienzo (por ejemplo, una crisis durante el sueño), se clasifica como de inicio desconocido hasta que haya más información. No es un cajón de sastre permanente: es una etiqueta provisional que se reclasifica cuando se dispone de más datos.


Causas y factores desencadenantes

La ILAE agrupa las causas de la epilepsia en seis grandes categorías, porque identificar el origen a menudo cambia el tratamiento:

  • Estructural: una lesión visible en la resonancia, como secuelas de un ictus (la causa más frecuente en mayores), un traumatismo craneal, un tumor, una malformación del desarrollo o una esclerosis del hipocampo.
  • Genética: determinadas epilepsias tienen una base genética conocida o probable; no siempre significa que sea hereditaria en sentido estricto.
  • Infecciosa: es la causa más común a nivel mundial. Infecciones del sistema nervioso como la meningitis, la encefalitis o la neurocisticercosis pueden dejar epilepsia como secuela.
  • Metabólica: alteraciones del metabolismo, algunas de origen genético.
  • Inmunitaria: procesos en los que el sistema inmune ataca al cerebro (encefalitis autoinmunes).
  • Desconocida: en una parte de los casos, con los medios actuales, no se identifica la causa.

Cosa distinta son los desencadenantes: situaciones que, en una persona que ya tiene epilepsia, pueden provocar una crisis. Los más habituales son la falta de sueño, el consumo de alcohol (y sobre todo la resaca y la abstinencia), olvidar o abandonar la medicación, el estrés intenso, la fiebre (en niños) y, en una minoría con epilepsia fotosensible, las luces parpadeantes. Identificar y evitar los desencadenantes personales es una de las herramientas más útiles para reducir las crisis.


Cómo se diagnostica

El diagnóstico es sobre todo clínico. La pieza más valiosa suele ser una buena descripción de lo ocurrido, idealmente de alguien que haya presenciado la crisis, porque la propia persona a menudo no recuerda nada. A partir de ahí, las pruebas ayudan a confirmar y a buscar la causa:

  • Electroencefalograma (EEG): registra la actividad eléctrica del cerebro y puede mostrar patrones característicos. Importante: un EEG normal entre crisis no descarta la epilepsia, porque la actividad anómala puede no aparecer en ese momento.
  • Resonancia magnética (RM): busca lesiones estructurales que puedan estar causando las crisis.
  • Analítica de sangre: para descartar causas metabólicas o tóxicas de una crisis.
  • Vídeo-EEG: en casos complejos, se graba a la persona mientras se registra el EEG durante horas o días para caracterizar bien las crisis.

Tratamiento de la epilepsia

Los fármacos antiepilépticos son la base

El tratamiento de primera línea son los fármacos antiepilépticos (también llamados antiseizure o anticrisis). No «curan» la epilepsia, pero reducen o eliminan las crisis al estabilizar la actividad eléctrica del cerebro. La buena noticia es que funcionan muy bien en la mayoría: alrededor de dos de cada tres personas quedan libres de crisis con el fármaco adecuado a la dosis correcta. La elección depende del tipo de crisis, la edad, el sexo, otras enfermedades y los posibles efectos secundarios, por eso debe individualizarla el neurólogo.

Cuando los fármacos no bastan: epilepsia farmacorresistente

Se habla de epilepsia farmacorresistente cuando han fallado dos fármacos antiepilépticos bien elegidos, bien tolerados y usados a dosis adecuadas. Es un momento importante porque abre la puerta a otras opciones que conviene valorar en una unidad especializada:

  • Cirugía de la epilepsia: cuando las crisis nacen siempre de una zona concreta y operable, extirparla puede eliminar las crisis.
  • Estimulación del nervio vago y otros neuroestimuladores: dispositivos que modulan la actividad cerebral.
  • Dieta cetogénica: una terapia dietética de eficacia demostrada en epilepsia resistente, sobre todo infantil, que siempre se hace bajo supervisión médica y dietética. Le dedicamos un artículo aparte a la dieta cetogénica como tratamiento de la epilepsia.
  • Cannabidiol (CBD) de grado farmacéutico: aprobado para síndromes epilépticos concretos y graves, como el síndrome de Dravet y el de Lennox-Gastaut, donde ha demostrado reducir las crisis en ensayos clínicos. No es lo mismo que el aceite de CBD de venta libre ni que la marihuana recreativa; puedes leer más sobre los usos terapéuticos del cannabis.

Qué puede hacer la nutrición y el estilo de vida

Seamos claros desde el principio: ninguna dieta ni ningún suplemento curan la epilepsia ni sustituyen a la medicación. Abandonar los fármacos por cuenta propia es peligroso. Dicho esto, la alimentación y los hábitos sí juegan un papel real como apoyo:

  • Dormir bien y con horarios regulares. La falta de sueño es uno de los desencadenantes más consistentes de crisis.
  • Moderar el alcohol y evitar las borracheras, que facilitan las crisis tanto por el consumo como por la abstinencia.
  • Comer de forma regular, evitando ayunos extremos no supervisados y las bajadas bruscas de azúcar.
  • La dieta cetogénica como terapia médica en casos resistentes, siempre pautada y seguida por el equipo de neurología y nutrición.

Cuidado con las interacciones entre fármacos, plantas y suplementos

Este punto es especialmente importante en epilepsia. Algunos fármacos antiepilépticos «clásicos» (como la fenitoína, la carbamazepina o el fenobarbital) son inductores enzimáticos y, con el tiempo, tienden a reducir los niveles de vitamina D, afectando a la salud del hueso; por eso conviene vigilarla. Por otro lado, hay plantas y suplementos que pueden reducir la eficacia de la medicación (el caso más conocido es la hierba de San Juan) o que, a dosis altas, podrían no ser recomendables. La regla de oro: no tomes ningún suplemento ni producto «natural» sin comentarlo antes con tu neurólogo o tu médico.


Qué hacer (y qué no) ante una crisis

Saber actuar ante una crisis convulsiva puede evitar lesiones y transmitir calma. Ante una convulsión tónico-clónica:

  • Sí: mantén la calma y mira la hora (cronometra la crisis). Aparta objetos peligrosos, protege la cabeza con algo blando, afloja la ropa del cuello y, cuando cesen las sacudidas, coloca a la persona de lado (posición lateral de seguridad) para facilitar la respiración. Quédate con ella hasta que se recupere.
  • No: no sujetes a la persona ni intentes frenar sus movimientos. No le metas nada en la boca (no se va a «tragar la lengua»; meter objetos solo causa heridas). No le des agua ni comida hasta que esté plenamente consciente.

Llama al 112 si: la crisis dura más de 5 minutos, se repite sin que la persona recupere la consciencia (estado epiléptico, una emergencia), es la primera crisis de esa persona, se ha producido en el agua, hay una lesión importante, dificultad para respirar, o la persona está embarazada.


Apoyo nutricional: qué tiene sentido y qué no

Más que «suplementos para la epilepsia» —que no existen como tal—, lo que tiene sentido es cubrir déficits concretos que la propia enfermedad o su tratamiento pueden favorecer, siempre validado con tu médico:

  • Vitamina D: su déficit es muy frecuente y, además, algunos antiepilépticos lo agravan y repercuten en el hueso. Conviene medirla y, si está baja, reponerla; a menudo se combina con magnesio. Una opción es un complemento de vitamina D3 con magnesio, revisando antes posibles interacciones con tu medicación. Más detalle en la guía completa de la vitamina D.
  • Omega-3: forma parte de las membranas neuronales y de una alimentación cardiosaludable. Su evidencia específica para reducir crisis es limitada, así que no hay que esperar milagros, pero encaja bien en una dieta neuroprotectora. Si tu dieta es pobre en pescado azul, un aceite de omega-3 de alta pureza puede ayudarte a cubrir el aporte. Tienes el detalle en la guía completa del omega-3.

Para entender mejor cómo la alimentación influye en el cerebro en general, te pueden interesar la guía de nutrición cerebral y la guía completa de salud cerebral. Y si quieres ver cómo la dieta se relaciona con otras enfermedades neurológicas, tenemos artículos sobre migrañas y cefaleas, esclerosis múltiple y gluten y enfermedades neurológicas.


Preguntas frecuentes sobre la epilepsia

¿Una sola crisis significa que tengo epilepsia?

No necesariamente. Una crisis aislada puede deberse a una causa puntual (fiebre, falta de sueño, alcohol, una bajada de azúcar) y no repetirse nunca. Se diagnostica epilepsia cuando hay dos crisis no provocadas separadas por más de 24 horas, una crisis con alto riesgo de recurrencia, o un síndrome epiléptico. Ante una primera crisis, lo correcto es que la valore un neurólogo.

¿La epilepsia se cura?

Muchas epilepsias se controlan por completo con medicación y algunas llegan a considerarse «resueltas» tras años sin crisis y sin fármacos. Otras requieren tratamiento de por vida para mantener el control. El pronóstico depende mucho del tipo de epilepsia y de su causa.

¿Qué hago si alguien tiene una convulsión?

Cronometra la crisis, protege la cabeza, aparta objetos peligrosos y, cuando cesen las sacudidas, coloca a la persona de lado. No la sujetes ni le metas nada en la boca. Llama al 112 si la crisis dura más de 5 minutos, se repite, es la primera o hay cualquier signo de gravedad.

¿Puede la dieta ayudar a controlar la epilepsia?

La dieta cetogénica, siempre supervisada por un equipo médico, es una terapia con eficacia demostrada en epilepsias resistentes, sobre todo en la infancia. No sustituye a la medicación y no es una dieta para hacer por cuenta propia. Lo explicamos en detalle en un artículo aparte sobre la dieta cetogénica como tratamiento de la epilepsia.

¿Pueden los suplementos sustituir a la medicación?

No. Ningún suplemento sustituye a los fármacos antiepilépticos, y algunos (o ciertas plantas) pueden incluso reducir su eficacia o interaccionar con ellos. Cualquier complemento debe comentarse antes con el neurólogo.

¿La epilepsia es hereditaria?

Algunas epilepsias tienen un componente genético, pero eso no significa que siempre se herede ni que los hijos vayan a padecerla. En muchos casos la causa es estructural (una lesión) o desconocida. El consejo genético es útil en situaciones concretas y lo valora el especialista.


Conclusión

La epilepsia es una enfermedad frecuente, muy diversa y, en la mayoría de los casos, controlable. Entender que una crisis no es siempre una convulsión, que tener una crisis no equivale a tener epilepsia y que existen muchas opciones de tratamiento ayuda a quitarle miedo y estigma. La base son los fármacos antiepilépticos, con los que dos de cada tres personas quedan libres de crisis; cuando no bastan, hay alternativas como la cirugía, la neuroestimulación, la dieta cetogénica supervisada o el cannabidiol en casos concretos. La nutrición y los hábitos acompañan, pero no sustituyen al tratamiento. Y, sobre todo, conviene saber actuar ante una crisis y cuándo pedir ayuda urgente.


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Bibliografía

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Referencias verificadas en PubMed. Este artículo tiene carácter divulgativo y no sustituye la valoración de un profesional sanitario. Si tienes epilepsia o has sufrido una crisis, consulta siempre con tu médico o neurólogo.

✔️ Contenido escrito y revisado por el Dr. Fernando Molina Sánchez, médico colegiado, según nuestro método editorial.

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